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Bs. As., Miércoles 8 de Septiembre de 2010




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Muchas son las historias que se han conocido a través de los tiempos en los que los protagonistas suelen ser los vivos y también los muertos y este episodio que tuvo lugar en Sry Lanka (ex Ceylán), al este de la India, se encuadra entre lo trágico y lo risueño.

Ocurre que dos soldados formaban parte de un cuerpo militar en el que se produjeron varias bajas por un accidente, a raíz del cual unos cuantos muertos no pudieron ser convenientemente identificados y así los entregaron a sus familiares.

Quiso el destino que estos dos ciudadanos hubieran conseguido un permiso especial y a la hora del accidente estuvieran fuera del cuartel. Dispuestos a aprovechar el franco otorgado rumbearon para su casa y al llegar a su pueblo se dieron con que todo estaba cerrado y la gente estaba asistiendo masivamente "al velatorio de dos soldados muertos en un accidente". ¿Cuál sería la sorpresa de sus familiares, amigos y vecinos al verlos llegar?, ya que "los difuntos que estaban velando eran, precisamente, ellos dos".

Costó salir del estupor y la sorpresa, pero la alegría desalojó a la congoja y los "resucitados" aseguran que, de ahora en más, siempre avisarán hacia dónde se dirigen y se asegurarán de que los estén esperando... vivos.




Creyó ver un "resucitado" dentro de un ataúd, cayó a tierra y sufrió graves lesiones.

Ocurrió la segunda semana de junio de este año 2000 en la provincia de Santiago del Estero, en polvorientos caminos por donde circulan colectivos interurbanos que se llenan de pasajeros y, de paso, llevan todo tipo de encomiendas y hasta aves de corral, cuando es necesario, sobre su techo. Alguna vez le añaden algún carrito para completar cargas.

Esta vez la cosa fue con un ataúd que transportaba en el departamento Figueroa, distante unos 220 kilómetros de la capital provincial. A pedido de una empresa funeraria del lugar; la empresa accedió a llevar un féretro y, como no cabía en la bodega, lo cargaron sobre el techo dentro de un portaequipajes en el que habitualmente se colocan valijas y hasta instrumentos musicales.

Cuando el colectivo llegó al paraje conocido como Tala Pujio, un agricultor esperaba poder subir al micro, pero estaba repleto y no cabía una sola persona más. Así fue como, ante la necesidad imperiosa de viajar, pidió que le aceptaran hacerlo en el techo. Como hacía frío y al ver el ataúd, no dudó un instante en ponerse "el sobretodo de madera" y se introdujo horizontalmente en el mismo.

Unos kilómetros más adelante, otro paisano llamado Mario Paz, de 25 años de edad, también esperaba el ómnibus y tuvo igual destino: el techo. A poco de andar, observó con gran sorpresa que la tapa del ataúd comenzaba a levantarse y en su interior un cuerpo se movía lentamente al tiempo que el inesperado compañero de viaje le preguntaba: "¿hace frío, don?"

Ante tamaña sorpresa, Paz ya no tuvo paz y se precipitó a tierra, o, más bien, blanco por el susto, trato de huir del lugar y cayó pesadamente al camino.

Consecuencia; se fracturó un brazo, una pierna y sufrió otras lesiones de consideración que determinaron un tiempo de curación que los médicos estimaron en 60 días.

De hoy en más, Paz creerá, tal vez, en la cábala del 48 ("el muerto que habla") o, en todo caso, empezará un curso de saltos y caídas para evitar consecuencias desagradables en situaciones imprevisibles como la que le toco vivir.




Qué siga el espectáculo, caprichoso y excesivo. Se aplicó lo mismo a Manfred Langer como el trabajo de su vida: la discoteca IT en Amsterdam.

Durante casi seis años en que Langer estuvo a cargo, la discoteca se transformó en un conocido centro internacional de diversión con los homosexuales y figuras del mundo del espectáculo. Manfred Langer falleció el 21 de noviembre de 1994 a los cuarenta y dos años. Su funeral fue registrado con todo detalle y fue un suceso periodístico cuatro días después. Dicho funeral no tenía nada de triste sino una gran fiesta con el estilo de IT. Con un ataúd rosado en una limosina rosada, globos y cobertores también rosados, comidas y bebidas.

Observado por cientos de hombres curiosos se conmemoró a Langer en la capital con discursos y música popular en vivo. Seguidamente el variado cortejo se marchó al cementerio de Zorgvlied donde Langer tuvo una última sorpresa. Después que el ataúd bajó en la fosa, se pidió a los invitados proponer un último brindis por él. Las botellitas vacías se depositaron sobre el ataúd mismo. Incluso algunos vagabundos también aprovechaban agradecidamente el ofrecimiento de bebidas alcohólicas para incrementar sus propias existencias. Actualmente, en el lugar de la tumba se levanta una imagen en la que Langer está representado en su pose favorita: en una mano un cigarrillo y en la otra una copa de "champán".

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