En el
pasado, el funeral debía de llevarse de acorde a ritos religiosos y a distintas
tradiciones, velorios, misas, entierros, etc. Estas tradiciones en las ceremonias nos
permitían reconocer la muerte y el paso de la vida, en una forma preestablecida.
Hoy en día se puede crear una ceremonia totalmente personalizada, o bien, unir lo mejor
de las dos. Se ha visto, que en particular, muchos amigos y familiares están tomando
parte en la ceremonia formal, ofreciendo poemas, lecturas y música. Enseñar videos y
fotos que eran especiales para el ser querido, puede ser muy reconfortante. También puede
reconfortar el crear un momento especial durante la ceremonia, como soltar globos, prender
veladoras, etc. El compartir memorias, siempre es agradecido.
Entre más participen los miembros de la familia en la conmemoración, más cercanos
estarán de sobreponerse de la pérdida del ser querido. La muerte de un ser querido no es
para sentarnos y verla pasar. Es un acontecimiento de la vida, similar al nacimiento o al
matrimonio. Participar de lleno, es traerle significación e importancia a la pérdida.
La historia Argentina pasa también por el Cementerio de la Recoleta. En él están
enterrados los restos de grandes personalidades de nuestro país. Además, recorriendo su
existencia, podemos conocer algunas costumbres sociales de muchas generaciones
Durante la colonia no hubo cementerios, salvo en ciertos momentos, debido a epidemias que
causaron gran mortandad, se habilitaron terrenos que hicieron sus veces. Pero, vuelta la
normalidad, cesaron de funcionar.
Los muertos recibían sepultura en los templos. Desde el atrio hasta el altar mayor
hallaban ubicación, según su categoría, derecho adquirido por compra o en mérito a
pertenecer a cofradías. Los restos de las personas de menor categoría y los esclavos, se
enterraban fuera del recinto sagrado, en terreno contiguo designado con el nombre de
"campo santo".
El 8 de julio de 1822, el gobernador, general don Martín Rodríguez y su ministro
Rivadavia, dispusieron destinar una parte del huerto que fuera de los frailes recoletos,
para entierro general, llamándolo Cementerio del Norte, aunque para todos fue, y sigue
siendo, el de la Recoleta.
El trazado de
sus calles y división en tablones se encomendó al ingeniero Próspero Catelin, autor de
la fachada de la Catedral, pero los ensanches posteriores variaron el plano primitivo.
El nuevo cementerio se bendijo el domingo 17 de noviembre de 1822 por el deán de la
Catedral, doctor Mariano Zavaleta, secundado por varios sacerdotes, en ceremonia solemne
que duró dos horas.
Al día siguiente recibieron sepultura los primeros restos, que fueron los del jovenJuan
Benito y María de los Dolores Maciel, uruguaya de 25 años.
En sus comienzos se suscitaron algunos inconvenientes por motivos religiosos, pues en un
cementerio católico no podían admitirse restos de protestantes, y ello dio origen a la
formación de un "cementerio inglés" en la vecindad de la iglesia del Socorro.
Hasta bastante más tarde, su aspecto era impresionante por su abandono y desolación.
Muchas personas sentían retraimiento para entrar en él. Las sepulturas se abrían en el
suelo y los ataúdes se cubrían con la misma tierra sacada del hoyo, dejando la sobrante
a un lado. Una cruz de hierro señalaba la cabecera. Generalmente la fosa era cubierta con
una lápida de mármol en la cual se escribía el nombre del difunto y la fecha de su
muerte.
Cuando
Buenos Aires se vio azotada por la terrible epidemia de fiebre amarilla de 1871, se
prohibió sepultar allí a las víctimas, aún cuando tuvieran sepulcros de su propiedad.
El gobernador don Emilio Castro, con este motivo se dirigió al ministro Avellaneda
pidiendo la clausura por estar mal situado, hallarse en un terreno completamente saturado
y en las peores condiciones.
Los intereses creados no permitieron satisfacer sus deseos y, años después, el
intendente don Torcuato de Alvear hizo sentir su obra progresista, transformando su
aspecto exterior de un pórtico monumental y severo. También, paulatinamente, su interior
fue perdiendo el aspecto poco acogedor, para convertirse en un lugar apacible y sereno.
Lentamente fueron edificándose bóvedas y monumentos de lujo y artísticos.
Según la tradición, la primera obra de arte que tuvo fue la escultura de Tantardini que
decora el sepulcro del general Facundo Quiroga, el Tigre de los Llanos, a pocos metros de
la entrada.
La estatua representa a la viuda del general Quiroga, transida de dolor, llevando una
corona en sus manos.Buenos Aires no estaba aún acostumbrada a las obras de arte. Se
extasío ante ésta y vibró de entusiasmo.
Las costumbres imponían desfiles inacabables de público en el día de Difuntos y su
víspera, llevando flores y, cuandono, para ver y mostrarse.
Las escenas poco edificantes que solían presenciarse obligaron a las autoridades a tomar
medidas severas para imponer orden y respeto.
Las esculturas de bronce o mármol,
de firmas notables, algunas traídas de Francia o Italia, y otras que, según cuenta la
tradición, fueron esculpidas dentro de las mismas bóvedas sobre bloques de mármol,
hacen del Cementerio de la Recoleta un espacio de gran valor artístico.
Sus monumentos y atracciones hacen que el Cementerio de la Recoleta sea considerado por
muchos como el segundo cementerio del mundo luego del de Génova.
Las
personalidades y protagonistas de la historia argentina que en él fueron enterrados y las
miles de obras y monumentos lo han transformado en uno de los atractivos turísticos de la
ciudad de Buenos Aires.
Dentro de los muros del Cementerio del Norte reposan los restos de todas las
personalidades fallecidas en esta Capital Federal, con la curiosa particularidad de no
estar los de don Bernardino Rivadavia, su creador, ni los del deán Zavaleta, que lo
consagró.
Un recorrido obligado lo forma la tumba de Marcelo Torcuato de Alvear, la bóveda de
Facundo Quiroga, los mausoleos de Domingo Faustino Sarmiento, el general Juan Lavalle,
Luis Ángel Firpo quien quedó eternizado por una estatua de bronce de casi dos metros de
altura, pero la bóveda más buscada por todos los visitantes es la de los Duarte, donde
descansan los restos de Eva Duarte de Perón.
Cementerio
de la Chacarita (Cementerio del Oeste).
Este cementerio fue creado
el 14 de Abril de 1871, en las afueras de la ciudad, como en la generalidad de los casos.
En este año la Ciudad de Buenos Aires, soportaba el flagelo de la epidemia de la llamada
Fiebre Amarilla.
Como consecuencia de la
cantidad de fallecimientos, los cementerios existentes no alcanzaban, (cabe acotar que el
Cementerio del Norte, actual Recoleta, dispuso la prohibición de inhumar en ese
cementerio a toda persona que su causa de muerte era la Fiebre Amarilla), lo que agravo la
situación y obligó a la creación de otro cementerio.
Fue elegida una fracción
de tierra ocupada por los estudiantes pupilos del Real Colegio de San Carlos, tierras que
para entonces eran fiscales, y tenían una superficie total de 5 hectáreas y eran
conocidas como la Chacarita de los Colegiales.
A la inauguración se
denominó Cementerio "Chacarita de los Colegiales".
Un albañil de 50 años de
edad fue la primera inhumación y ese mismo día se inhumaron cuarenta y cuatro cadáveres
fallecido por la Fiebre Amarilla.
Para poder llegar hasta el
Cementerio se incorporó un tramo del Ferrocarril del Oeste, partiendo de la Estación
Bermejo, que contaba con una precaria construcción y estaba situada cerca de la Ciudad,
para funcionar como receptora de ataúdes, por lo que se la conoció como la Estación
Fúnebre, ubicada en las hoy calle Jean Jaures y la Av. Corrientes.
Las condiciones de higiene
eran mínimas y existían quejas de los vecinos por la emanación de olores de los cuerpos
en descomposición. Eran muchos los fallecidos por la epidemia. Hay testimonios de que en
un día se llegó a inhumar 564 cadáveres; esto también traía aparejado que el personal
del cementerio no pudiera realizar toda la tarea y el administrador pidió ayuda a la
policía y a la asistencia pública. Tanto fue el trabajo que tuvieron que inhumar toda la
noche alumbrados por velas y antorchas. También se sabe que fue afectado el personal del
cementerio ya que testimonios revelan que en un sólo día fallecieron catorce empleados
ocupados de las inhumaciones.
Era tal el grado de esta
epidemia que el cementerio fue clausurado por primera vez en 1875, pero siguió
funcionando hasta e 9 de diciembre de 1886, que quedó definitivamente clausurado.
A principio de 1887 se
exhumaron los cadáveres y fueron trasladados al osario general del nuevo Cementerio de
Chacarita. El 1 de julio de este año se decide que todo fallecido debe ser inhumado en
este cementerio, sin excepción, quedando sin funcionar los cementerios ya existentes.
El 30 de diciembre de 1896,
por ordenanza, de lo denomina oficialmente "Cementerio del Oeste", pero la
población lo seguía llamando "Cementerio de la Chacarita", por lo que el
decreto Nro. 2.163 del 5 de Marzo de 1949, deja como definitivo el nombre actual.
Tiene una superficie de 95
hectáreas, y posee sectores de inhumaciones en tierra, nicho, bóvedas y panteones.
Crematorio:
Dentro del mismo cementerio
funciona el Crematorio de la Ciudad de Buenos Aires. Comenzando su funcionamiento en el
año 1904. Sin embargo corría el año 1879 y el Dr. Pedro Mallo de la Sociedad
Científica Argentina, ya desarrollaba planes para incorporar la cremación en nuestro
país. En 1884, el presidente del Circulo Médico Argentino, Dr. Samuél Gache, propuso
formar una Sociedad de Cremación.
La primer cremación se
realizó el 26 de diciembre de 1884, la que contó con la aprobación del Intendente
Municipal de la Ciudad Don Torcuato de Alvear. Desde ese momento, el Dr. Penna comenzó
sus gestiones para la construcción de un horno crematorio. El 7 de Abril de 1886 se
ordena la construcción de un horno y de dispone que todos los casos de fallecimientos por
enfermedades epidémicas, deberían ser cremados sin excepción, como también los restos
patológicos de los hospitales y de la Escuela Anatómica de Ciencias Médicas. Pero se
aceptaba la cremación de cualquier cuerpo que no estaba dentro de estas características,
y que era solicitada por los familiares.
No obstante las ordenanzas,
estas no fueron cumplidas, pero seis meses después con el brote de epidemia de la Cólera
que surgió, y causó alrededor de dos mil víctimas, se mandó a construir otros hornos,
en la casa de aislamiento, en Ensenada en el cementerio de La Plata y en otros lugares,
que pasada la epidemia dejaron de funcionar.
En cumplimiento de la ordenanza del 23 de
diciembre de 1886 a instancias del Dr. José Penna se construyo dentro del Cementerio de
la Chacarita el Crematorio de la Ciudad de Buenos Aires, que funcionó al público el 13
de noviembre de 1903, funcionando hasta 1909 que por orden del Dr. Penna se agregaron dos
hornos de dos celdas cada uno, cinco años después se habilitaron nuevos hornos y en 1930
se amplió el edificio.
El Cementerio estaba ubicado en los
terrenos linderos al templo.
Los derechos para sepultar a una persona
eran de poca suma. Allí se enterraban a los vecinos pobres de origen español o
descendientes. Los indios y criollos que carecían de recursos, eran enterrados en campo
abierto, campos que eran bendecidos piadosamente por los sacerdotes, recibiendo el nombre
de Camposanto.
En cambio a las personas de más
jerarquía, que pagaban grandes sumas por derecho, eran inhumadas en los atrios, bajo las
naves principales, altares, criptas, etc., costumbre heredada de España.
Debido al aumento demográfico el
cementerio resultaba pequeño, y lo mismo sucedió con los lugares utilizados en la
iglesia para algunas inhumaciones.
El sacerdote Domingo Laguna trabajó para
obtener la autorización de las autoridades, y gracias a su perseverancia, accedieron a su
pedido; por lo que se considera al Presbítero como el primer precursor de la creación
del cementerio.